No hace falta decir que el primer coche que tuvimos en casa fue un Seat. Era, prácticamente, el único coche que se podía tener a principios de los 1960. Tenías que hacer una cola, como si fuera la del pan, pero de meses y meses. Algunos se saltaban el turno gracias al conocimiento de alguien del régimen. Porque, parece que lo hayamos olvidado, la Seat fue, desde sus orígenes y hasta que se la quedó Volkswagen en el año 1986, una empresa franquista. De ADN franquista y de tradición franquista. Sobre la que nunca pasó el manto de la Transición.
Tuve acceso a las interioridades de Seat como ingeniero. Éramos proveedores de tecnología. No fue una experiencia muy prolongada, pero suficiente. Seat era una empresa del Instituto Nacional de Industria (INI), una institución también franquista que fue desmantelada paso a paso al irse privatizando sus empresas. La realidad es que en la década de los 1980 Seat había llegado a la cima del desastre más absoluto. Un tío mío se compró un modelo de Seat que entonces era muy admirado: el Supermirafiori. ¿Quieren creer que le entregaron el coche sin freno de mano? Esta era la porquería de Seat.
Al llegar a mediados de la década de 1980, Seat tenía dos posibilidades: o cerrar o ser vendida a precio de saldo. Era, para ser claros, una empresa bastante inmunda. Pero, claro, ocupaba a más de 30.000 trabajadores. Más los del sector auxiliar. Y la red de distribución, reparación, etc. que había por todo el territorio español. Una empresa mal gobernada desde arriba, con unos sindicatos franquistas mal reciclados y todo lo que se pudiera esperar de una organización funcionarial malcriada e ineficiente. Y sin solución aparente. Pero, como se dice ahora, too big to fail: demasiado grande para dejarla caer.
He aquí, sin embargo, que el gobierno de la Generalitat —que entonces servía para gobernar, aunque fuera un poco— usó sus influencias para ayudar a la solución de Seat. Volkswagen tenía como uno de sus accionistas principales el estado alemán de Baja Sajonia. Este hecho, sumado a la circunstancia de que el president Pujol, además de ser conocido fuera de aquí, hablaba alemán y tenía buenas conexiones, ayudó a conseguir que Volkswagen se hiciera cargo de Seat. Y así, Seat no tuvo que cerrar —hecho que, siendo justos, es lo que debería haber sido el caso—. La realidad es que hoy, después de pasar el tamiz europeo —específicamente el alemán—, aquella fábrica que no servía ni para entregar coches con freno de mano incorporado, hoy construye coches Volkswagen y elementos importantísimos —motores de una complejidad enorme— que viajan por todo el mundo.
De lo que fue Seat queda, gracias a Dios, solo un nombre. Se trata de una marca comercial de, en mi opinión, infausta memoria. ¿Entrañable porque ayudó un poco a salir del subdesarrollo en que estábamos en los años cincuenta? Absolutamente. Pero añorar a Seat es como sentir nostalgia del pan moreno y de las cartillas de racionamiento. O como si nos supiera mal que desapareciera Renfe absorbida por alguien que entienda de trenes y de clientes que los usan.
"Añorar a Seat es como sentir nostalgia del pan moreno y de las cartillas de racionamiento. O como si nos supiera mal que desapareciera Renfe absorbida por alguien que entienda de trenes y de clientes que los usan"
Por eso me sorprende que algunas de las fuerzas muertas barcelonesas —aquello que en otras ciudades son fuerzas vivas— se lamenten de que la marca Seat pueda desaparecer. Deberían preocuparse más de otros problemas. ¿Cuáles? Pues que en los últimos años se hayan destruido 15.000 puestos de trabajo del sector del automóvil en Catalunya. O que muchos otros puestos de trabajo estén en riesgo, dada la menor necesidad de mano de obra que requiere el coche eléctrico. Y deberían trabajar para librarnos de otras empresas de profundas raíces franquistas —como Renfe y Adif— que aún continúan vivas y amargándonos la vida.
Seat fue una buena realidad durante veinte años y un dolor de muelas desde los setenta. Sería hora de recordar que, sin Volkswagen, la economía industrial catalana quedaría coja irremediablemente. Por lo tanto, dediquemos el esfuerzo a ayudar a mantener eficazmente viva esta empresa alemana —facilitando infraestructuras, vías de ancho europeo, autopistas, etc.— en lugar de dedicarnos a, ya me perdonarán, gilipolleces que no interesan a nadie.
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