Los agrupamientos scouts han sido, durante las últimas décadas, una auténtica escuela de vida. Un espacio donde los valores no solo se explican, sino que se practican a través de cada actividad, de cada excursión y de cada convivencia compartida. La cooperación, el esfuerzo, la autonomía o el compromiso no se transmiten desde la teoría, sino desde la experiencia directa. En este contexto, en los campamentos de verano de los años noventa, era casi un ritual cerrar el día alrededor de un fuego de campamento, entre chispas danzarinas, cantando canciones o contando pequeñas historias que, bajo una apariencia sencilla, dejaban siempre una semilla de reflexión.
Entre estos relatos, había uno que solía aparecer con una fuerza especial: el cuento de la señora pereza. Una historia infantil que explicaba con mucha inteligencia cómo la pereza es una presencia persistente, casi silenciosa, que se manifiesta de manera tenaz a lo largo del día e intenta condicionarnos en todo tipo de situaciones. El relato sugería que la batalla contra la pereza no es puntual, sino consciente y cotidiana, porque solo así se evita que nos invada y nos prive de muchas de las cosas buenas de la vida.
Trasladada al entorno profesional, la capacidad de ahuyentar la pereza también se convierte en un elemento clave a la hora de abrirse camino. De hecho, saber detectar cuándo hace acto de presencia e invitarla a marcharse acostumbra a marcar grandes diferencias en las trayectorias individuales o colectivas. Porque la pereza no siempre se presenta de manera evidente. A menudo adopta formas mucho más sofisticadas e incluso aparentemente razonables. Uno de los momentos en que acostumbra a hacerse más visible es cuando hay que aprender cosas nuevas y dedicar tiempo a la formación continua. Es entonces cuando se disfraza con argumentos de nostalgia distorsionadora, como aquel “antes no nos hacían falta todas estas novedades”, con la resignación limitante del “a mí esto ya me pilla demasiado mayor” o con un escepticismo falaz que sentencia que “todo esto no es más que una moda sin recorrido”. Pero, detrás de estos argumentos, a menudo no hay una reflexión sólida, sino la voz conocida de la señora pereza.
Otro de sus momentos preferidos es cuando hay que emprender un nuevo proyecto. No es casual que las grandes metodologías de gestión del cambio tengan entre sus prioridades combatir la resistencia natural de las personas que se pueden ver afectadas por una transformación. A menudo, esta oposición no es otra cosa que un nuevo disfraz de la pereza. La negación, expresada en la idea de que el cambio no es necesario, o la prepotencia, que defiende que se debería hacer de otra manera, son dos manifestaciones habituales. Pero detrás de estos posicionamientos, aparentemente racionales, no es extraño encontrar la incomodidad que genera salir de la rutina y asumir el esfuerzo que implica empezar de nuevo.
"Los problemas que no se miran de frente raramente se resuelven solos; más bien tienden a crecer y a adquirir una profundidad mucho más difícil de gestionar con el paso del tiempo"
Otra de sus formas más peligrosas, especialmente en posiciones de liderazgo, aparece cuando toca afrontar un conflicto o una situación incómoda. En estos casos, la pereza se traduce en una inacción profundamente nociva para la organización. Porque los problemas que no se miran de frente raramente se resuelven solos; más bien tienden a crecer y a adquirir una profundidad mucho más difícil de gestionar con el paso del tiempo. Aquello que hoy es una conversación pendiente, mañana puede acabar convirtiéndose en una crisis de equipo, en una fuga de talento o en una fractura de confianza.
Pero la pereza no solo se manifiesta en los grandes momentos. A menudo también habita en los pequeños detalles del día a día, aquellos que aparentemente parecen menores pero que, acumulados, acaban resultando decisivos. La pereza de ser amable con los compañeros, de informar adecuadamente, de responder a un correo, de echar una mano o, simplemente, de escuchar. Son gestos pequeños y cotidianos donde se va construyendo (o quizás deteriorando) tanto la reputación personal como la cultura real de una organización.
Quizás por eso aquella fábula de los scouts conservaba tanta sabiduría. Porque, en el fondo, la señora pereza no es solo una presencia incómoda en el ámbito profesional, sino una enemiga silenciosa de la excelencia en todos los espacios que habitamos. También se manifiesta en la educación de los hijos, en el mantenimiento de las amistades, en el cultivo de la vida interior o en el cuidado de la salud. Siempre con la misma estrategia: sugerir que ya lo haremos mañana, que hoy no toca o que tampoco es para tanto. Pero es precisamente en la capacidad de no ceder a esta voz interior donde a menudo se decide nuestra manera de vivir.