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Hace unos años que hago yoga. Ya hace años que me gusta este deporte, aunque al principio tenía algunas reticencias. Desde fuera me parecía una práctica extremadamente aburrida. Está claro que, en aquellos momentos de mi vida, la meditación no era exactamente algo que yo pudiera hacer, principalmente porque tenía la capacidad de concentración de una mosca. Ahora tampoco es que estemos mejor, pero le he cogido el ritmo.
Como dicen las expertas, el yoga es un proceso, y cada uno debe poder seguir el suyo. Encontrar un deporte calmado siempre me ha costado, pero desde que vivo en Ámsterdam le he dado una oportunidad más seria. El yoga me permite sentirme más flexible, desconectar de un trabajo bastante absorbente y encontrar cierta tranquilidad en mi rutina. Conectar conmigo misma, respirar profundamente, buscar un poco de paz. No quiero decir que el yoga me haya cambiado la vida, ni convertirme en aquella persona que dice Namasté a todo el mundo porque lo ha visto en las películas. Soy nueva en este deporte y todavía hay cosas con las que no he acabado de conectar. Me relaja, sin embargo, y este hecho ya es, en sí, un milagro.
En Holanda, los clubs de yoga son una pasada. He empezado a ir a los clubs a los que no iba en Catalunya por falta de dinero: lugares que huelen a lavanda, a romero, eucalipto o a césped fresco, donde te dan una toalla perfumada al final de la sesión y te leen un poema al principio. Como usuaria perpetua de gimnasios de oferta que olían a sudado, esto ha sido un cambio sustancial para empezar a aficionarme más a este deporte, aunque también me ha hecho sentir un poco estúpida de no haberlo probado antes en casa.
Me he dado cuenta de que me gustan mucho estos clubs pijos, y desbloqueado el nivel del yoga, me he animado a otras alternativas, como el pilates, el reformer pilates o los hot; variantes del yoga que te hacen ganar fuerza, te encierran en una jaula para hámsteres y te hacen sudar la gota gorda, respectivamente.
Pero cuando empiezas a ir a estos centros deportivos de manera recurrente, te das cuenta de que el deporte es una parte muy pequeña de lo que se hace en estos lugares. Y aquí he empezado a pensar en una cosa: cómo el deporte también se ha convertido en una cuestión de estética. No solo importa qué haces, sino dónde lo haces, qué llevas e, incluso, a qué huele. Ya me quejé hace unos días de los centros de color beige y las mujeres de color beige, pero la reflexión va más allá: hemos hecho que el deporte pase de ser una práctica de felicidad o salud a una práctica de lujo.
"Ahora parece que te tengas que gastar 200 euros en un conjunto que combine con los calcetines, los zapatos y, si puede ser, el color de labios"
Ahora parece que te tengas que gastar 200 euros en un conjunto que combine con los calcetines, los zapatos y, si puede ser, el color de labios. No seamos ingenuas: detrás de esta nueva manera de entender el deporte hay un negocio, y uno muy grande. Es una experiencia estética que se ha puesto de moda, pero que está aprovechando todas las vetas abiertas de la presión estética, el patriarcado, el capitalismo e, incluso, la crisis de valores religiosos para ofrecer una experiencia que te lo dé todo en 50 minutos a cambio de 30, 40, 50, 60 o hasta 70 euros (sí, 70. Lo he visto con mis propios ojos, pero no sé qué hacen en esas sesiones).
Las modas llegan a todas partes. Antes era el yoga, ahora el pilates, después el reformer. Dentro de dos años probablemente estaremos haciendo sentadillas dentro de una habitación con luz roja, mientras alguien nos cobra 65 euros por decirnos que amemos nuestro cuerpo. Y yo caigo, evidentemente. Caigo de cuatro patas y después subo el culo para hacer la posición del perro mirando hacia abajo. Me gustan estos lugares, su estética de centro de belleza y que me den una toalla caliente con olor a eucalipto al finalizar la clase. El problema no es disfrutar de ello. El problema es pensar que necesitamos todo esto para cuidarnos. Quizás conviene parar, respirar (que por algo hacemos yoga) y recordar por qué sentimos necesitar estas clases tres o cuatro veces por semana. Namasté.
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