Hará unos diez años, salió publicado el libro Els burgesos són sempre els altres de Jules Renard (“Los burgueses son siempre los demás”, no me consta que haya versión en castellano). Bajo este título tan irónico se recogían en forma de dietario una serie de aforismos, pensamientos y escritos diversos del autor. Aunque nunca he entendido el concepto este de “lecturas de verano”, haríais bien en aprovechar estos días de vacaciones y de horas lentas para dejaros acompañar por las reflexiones de este escritor francés. Os hará pensar y os arrancará más de una sonrisa.
Ya sabéis, sin embargo, que mi negociado no es la literatura ni las recomendaciones. Si menciono el libro es para quedarme con el título y hacer la adaptación que sirve para encabezar este artículo: Los turistas son siempre los demás. En plena temporada, podemos constatar que el turismo ocupa gran parte de tertulias, prensa escrita e informes económicos. Y en un momento en el que hay que tener opinión y posición sobre cada tema y, como sugería en mi último escrito, todo el mundo la expone de forma muy apasionada, pediría algo de serenidad, reflexión e introspección.
Empiezo yo. Y empiezo exponiendo una anécdota personal. Pese a ser un destino turístico que tenía en la lista de pendientes y haber oído que todo el mundo debería ir a Nueva York al menos una vez en mi vida, no fue hasta mis 53 años que paseé por Central Park. (Hay quien manifiesta que se debe ir a NY una vez al año, como quien se va a Sitges a comerse una paella. Quizás no es necesario…).
En el vuelo de ida —unas nueve horas— pude hacer de todo: leer, escuchar música, mal dormir… y también pensar un poco. Ya sabéis que yo soy de números; así que intenté calcular cuántas plazas hoteleras debería tener Nueva York para que, tal como apunta antes, todo el mundo pudiera ir una vez a la vida. Conté que serían alrededor de un millón. Sí, un millón de plazas para acoger a los turistas que visitarían la ciudad. (Por si os interesa, os hago el cálculo, todo de forma redondeada, con la idea de encontrar el orden de magnitud más que la cifra exacta: 8.000 millones de personas en el mundo con una esperanza de vida de 80 años son 100 millones de turistas anuales. Es decir, unos 2 millones semanales. Si asumimos —a la baja— una estancia media de 3-4 noches, media semana, llegamos al millón de plazas que indicaba antes).
Acabo de pedir al ChatGPT y a Claude que me indiquen la oferta de alojamiento de corta y media estancia (hoteles, pensiones, apartamentos turísticos...) de Nueva York: ambas plataformas coinciden en situar la cifra en torno a las 270.000 plazas. Una cuarta parte del millón que sería necesario para que todo el mundo visitara una vez en la vida la ciudad. ¡Ojo! Y eso sin contar con que muchas de estas plazas son regularmente ocupadas no por turistas, sino por los profesionales que necesitan pernoctar, por estudiantes y por otros usos menores. Ya veis, pues, que quienes hemos podido ir a Nueva York alguna vez deberíamos considerarnos unos privilegiados. Y quien dice Nueva York, dice Londres, París, Venecia, Berlín, Budapest, Lisboa y un largo etcétera de ciudades de todo el mundo (que cada uno aquí haga su propia lista).
"Solo pediría que, antes de verter un exceso de vehemencia y reduccionismo, nos pusiéramos delante del espejo y pensáramos si los turistas siempre son los demás"
Volvamos aquí y al debate sobre el turismo. Por un lado, la turistificación: vayamos donde vayamos nos encontramos un montón de guiris que alteran el día a día de nuestras ciudades (masificación, transformación del comercio, presión sobre los servicios públicos, gentrificación, pérdida de identidad...). Por otro lado, el informe Fénix concluye que el turismo resta más que suma a nuestra economía, que es un sector subvencionado que favorece principalmente a gente de fuera del país, que nos hace perder posiciones en el ranking de productividad y competitividad, que empuja el PIB per cápita a la baja... Y en medio de todo ello, el impacto en la vivienda que ejercen turistas y trabajadores.
En este melting pot todo el mundo tiene su opinión y todo el mundo tiene la solución. (Obligado hacer aquí una mención especial a los políticos que solo son capaces de decir que “hay que repensar el turismo”. ¡Por favor! El problema ya lo tenemos identificado, eso ya lo sabemos todos. Lo que se espera de los políticos es que hagan algo más aparte de soltar los titulares insípidos de siempre). Evidentemente, como apuntaba, todo el mundo tiene derecho a decir la suya. Por mi parte, solo pediría que, antes de verter un exceso de vehemencia y reduccionismo, nos pusiéramos delante del espejo y pensáramos si, como decía al inicio, los turistas siempre son los demás.
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