Olympia Arango (Asturias, 1999) es economista del comportamiento, especializada en análisis de género. Es graduada en economía por la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y cursó el máster en Economía y Psicología de la Paris School of Economics y la Université Paris 1. Tiene experiencia como investigadora en proyectos que combinan el análisis de políticas públicas, la economía y el género en entidades como la Universitat Oberta de Catalunya, la Fundació Carles Pi i Sunyer o la Université de Paris Cité. Colabora habitualmente publicando artículos y análisis en medios de comunicación sobre cuestiones sociales y económicas o asistiendo a conferencias y tertulias especializadas. Recientemente ha publicado su primer libro Les dones i els diners (2025), con Penguin Llibres.
¿Qué es la economía con perspectiva de género?
Justamente ayer asistí a un acto interesante de Mercè Renom sobre la historia de Barcelona con perspectiva de género, dentro del ámbito de las ciencias sociales. Lo comparto porque me gusta mucho la definición que dio: “La historia con perspectiva de género es la comprensión de la historia para todos”. Lo mismo ocurre con la economía: incorporar una perspectiva de género es una manera de hacer una economía para todos, que ofrezca una imagen completa de lo que ocurre.
Para mí, esto significa entender que la economía o los modelos económicos no son necesariamente neutros, aunque sean habituales o considerados “normales”. Significa entender bien los datos económicos teniendo en cuenta cómo afectan a diferentes personas con diversas diversidades. Un dato, situado en un contexto, no es solo una observación: es una ventana para comprender qué pasa.
Se trata de una economía con una perspectiva inclusiva y para todos, que también integra a las mujeres y sus comportamientos.
¿Qué te motivó a escribir este libro y por qué decidiste centrarte específicamente en la relación entre mujeres y economía?
Bueno, aquí creo que hay dos cosas importantes a tener en cuenta: por un lado, mi especialización en género y economía. Mi investigación, en diferentes formatos y entidades, ha ido avanzando hacia esta dirección. Y, por otro lado, la propuesta editorial, que se trata de un encargo sobre estos temas precisamente, aquello que trabajo y sobre lo que puedo hablar con solidez.
Al mismo tiempo, también hay una dimensión de pasión e interés personal que me acompaña desde la adolescencia: la mirada de género aplicada a diversos ámbitos, una motivación más emocional que realmente me mueve. No son dos mundos separados. Me he especializado en este campo porque me gusta y porque hay un punto importante: mucha gente que trabaja género y economía no habla solo de "mujeres y economía", sino que adopta una perspectiva mucho más amplia. Es cierto que mi tarea a menudo combina el ejercicio académico con una voluntad divulgativa: explicar de manera accesible aquello sobre lo que estoy especializada y aquello que, personalmente, me mueve. En la academia y en otros círculos ya pasan muchas cosas, pero el objetivo es ir un poco más allá y hacer llegar esta mirada a todo el mundo.
¿Qué significado tiene el subtítulo Desigualdad, género y mercados y cómo se entrelaza con los análisis que presentas en el libro?
Básicamente, las tres palabras funcionan como una referencia académica: cuando escribes un artículo, acostumbras a situar los temas principales y a ofrecer una especie de resumen de lo que estás tratando. En este caso, el resumen no es tanto una síntesis completa como una manera de situar sobre qué estoy hablando y cuál es la reflexión central, que es la economía desde la perspectiva de género. La perspectiva de género permite ver desigualdades que a menudo quedan ocultas. Cuando hablo de ello, acabo abordando los mercados, especialmente el mercado laboral, porque cuando hablamos de economía inevitablemente hablamos de estas estructuras. Por lo tanto, estas tres palabras no son solo el resumen del libro, sino una pista que ayuda a entender de qué va y hacia dónde se mueve su continuidad.
"En realidad, las mujeres ya se habían incorporado al mercado laboral antes de la Segunda Guerra Mundial. A menudo cogemos un dato de países muy concretos y lo generalizamos"
En el libro se explora la entrada de las mujeres en el mercado laboral a lo largo de la historia. ¿Qué procesos o cambios históricos te sorprendieron más durante la investigación?
El tema clave que me sorprendió a la hora de estudiarlo y entenderlo fue la concepción que tenemos sobre la entrada de las mujeres al mercado laboral y lo que realmente pasó. Nos han dicho que las mujeres no entraron al mercado laboral hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando había demanda de mano de obra en las manufacturas porque los hombres estaban en el frente. Este hecho o esta “gran verdad” se contradice con los estudios de autoras como Claudia Goldin, Premio Nobel de Economía en 2023 y otras economistas e historiadoras del trabajo. La tasa de participación femenina parece que aumenta en ese momento, pero la evidencia económica nos indica que la participación de las mujeres en el mercado laboral ya venía de antes, se trata de una relación en forma de U entre la tasa de participación y el crecimiento económico de un país.
Antes de la comercialización y la liberalización económica, las mujeres ya trabajaban. La participación femenina era alta en diversos sectores, y diferentes investigaciones lo han documentado. A medida que avanza la comercialización y se consolidan las economías liberales, las mujeres pasan a un segundo plano y vuelven a casa. Y sigue habiendo trabajo en casa, pero no se considera trabajo regulado.
Lo más revelador, como también señala Goldin, es que esto cuestiona profundamente el mito de “la entrada de la mujer al mercado laboral”. En realidad, ya estaban allí. Lo que hacemos a menudo es coger un dato muy concreto, de países muy concretos, y lo generalizamos como si aquel dato explicara un fenómeno universal. Pero si consideramos el contexto cronológico y territorial con una perspectiva más amplia, el relato es diferente. A partir de la Segunda Guerra Mundial sí que sube la participación femenina en las fábricas. Pero, para mí, lo más significativo fue darme cuenta de que nos faltaba la mitad de la historia. Es como si hubiéramos empezado a explicarla por la mitad.
En el capítulo 8 te planteas la pregunta sobre si las mujeres negocian y compiten menos que los hombres: ¿qué encontraste sobre la brecha de negociación y sus efectos?
En los resultados agregados de la literatura científica, la literatura académica muestra que las mujeres suelen negociar menos que los hombres de media. Esta es la regla general, pero siempre se debe mirar el tipo de muestra, la variabilidad y las condiciones específicas, sobre todo porque las mujeres no negocian menos en todos los casos ni en todos los contextos. Cuando aplicamos la perspectiva de género, lo que nos interesa es entender qué hay detrás de esta diferencia. Una de las hipótesis es que, de media, las mujeres tienen niveles de autoestima más bajos que los hombres. Y si negociar implica hacerse valer, tener menos autoestima puede hacer que sea más difícil entrar en una negociación. Pero esta explicación solo nos aproxima relativamente a entender la brecha de género en la competición; ahora debemos preguntarnos por qué ocurre y cuáles son las causas que la sostienen.
En este punto entra la socialización de género y la teoría de la congruencia de género. Para entender el grado de negociación, podemos pensar en tres condicionantes que hacen que las mujeres negocien más o menos. El primer condicionante es la posibilidad explícita de negociar. Es decir, si tienes poco claro que puedes negociar es menos probable que lo hagas. Es tan simple como saber, en un entorno laboral, que puedes negociar ciertas condiciones: muchas mujeres no lo saben o no lo perciben como legítimo.
El segundo bloque es el objeto de negociación. Hay experimentos muy interesantes que muestran que, si el objeto se percibe como neutro o como “femenino”, las mujeres negocian más. Pero si el objeto está asociado a la masculinidad, las mujeres negocian menos porque anticipan una penalización social por comportamientos considerados “no congruentes” con su rol de género. El experimento clásico lo ilustra muy bien: negociar por una moto (objeto considerado masculino) o por una lámpara llena de purpurina (objeto considerado femenino). Las mujeres negociaban al mismo nivel que los hombres por la lámpara, pero mucho menos por la moto.
El tercer condicionante es quién tenemos enfrente, no contra quién negociamos, sino con quién se les puede comparar. Y aquí vuelve la teoría de la congruencia de género. Si una mujer negocia ante otra mujer, puede haber un efecto de comparación: no querer “desencajar” o no querer parecer poco femenina, lo que puede reducir el nivel de negociación. En cambio, si la mujer negocia sola, sin la presencia de otra mujer que sirva de punto de comparación, el grado de negociación puede aumentar.
¿Qué papel tienen las estructuras sociales (familia, trabajo de cuidados, modelos de convivencia o matrimonios) en la forma en que las mujeres acumulan, gestionan o pierden riqueza? ¿Cómo se relacionan estas dinámicas con las brechas de género que mencionas en el libro, especialmente en el ámbito de la convivencia y de las relaciones personales?
Es triste que todas estas dinámicas todavía existan, pero últimamente es un tema que me interesa mucho. Me parece un paralelismo muy bueno recordar que, cuando hablamos de género y economía, no solo hablamos de brecha salarial, sino de muchos otros subtemas que hay que tener en cuenta.
A mí me ha fascinado el trabajo de Allison Daminger A Cognitive Labor of Love. Esta investigadora explica que la desigualdad de género no se da solo en el mercado laboral o en las horas dedicadas a las tareas del hogar, que ya sabemos que son más altas en el caso de las mujeres. En su investigación sobre la división del tiempo, ella añade un elemento clave: hay una frontera en la toma de decisiones. Aunque intentemos hacer un reparto perfecto para repartir horas y evitar reproducir desigualdades en cuidados, tareas domésticas y responsabilidades con personas dependientes, las mujeres continúan cargando una parte muy pesada a nivel cognitivo. Son ellas quienes tienen que planificar, anticipar y asegurarse de que los hombres lo hagan bien.
Desde pequeñas nos han enseñado a asumir esta carga, y aunque a ellos les cuesta, nosotras también lo tenemos interiorizado. Desprendernos de ella no es fácil. Al final, acabamos soportando esta triple carga: ejecutar tareas, gestionarlas y supervisarlas.
"Las mujeres siguen cargando una parte muy pesada a nivel cognitivo: son ellas quienes tienen que planificar, anticipar y asegurarse de que los hombres lo hagan bien"
Este espacio mental dedicado constantemente a pensar y organizar es tiempo que no podemos destinar a la vida personal, al ocio o simplemente a descansar. Es una trampa: puedes hacer excels, listas y repartirlo todo aparentemente de manera equitativa, pero la socialización de género llega tan lejos que las mujeres nos hemos configurado como mentes que abarcan todo. Esto hace muy difícil compensar la diferencia cognitiva. Es una nube que ocupa espacio y energía que no podemos dedicar a otras cosas.
En el libro mencionas diferentes ejemplos y casos de estudio para apoyar los conceptos que introduces. ¿Cuál es el que más ha impactado en tu carrera como investigadora de la economía del comportamiento?
Esto me viene de lejos, desde que entré en la universidad. Al principio hice una asignatura de introducción a los mercados y al comportamiento con las ideas de Daniel Kahneman, los sistemas 1 y 2, y las maneras intuitivas y analíticas de tomar decisiones. Me fascinaba entender que la racionalidad no es como la del señor Spock, sino que las personas asimilamos la información de una manera que puede ser inconsistente. Tiene sentido evolutivo: tomamos miles de decisiones al día y no podemos dedicarles siempre tiempo, energía ni asimilar y comprender toda la información que percibimos. En segundo curso cursé otra asignatura de mercados que iba en la misma línea, más avanzada. Al final de la carrera ya tenía claro que quería dedicarme a la Economía del Comportamiento y, entre másteres posibles, elegí el de París, que combinaba economía y psicología durante dos años. Fue muy enriquecedor porque permitía igualar conocimientos y hacer clases conjuntas con compañeros economistas y psicólogos.
A mí todo esto me atrae porque me interesa mucho cómo las personas tomamos decisiones. A menudo se dice que somos irracionales, pero me gusta más la conceptualización de la racionalidad como ecológica y evolutiva. Ecológica quiere decir que decidimos según el contexto y los recursos que tenemos, y evolutiva quiere decir que la manera en la que tomamos decisiones se parece a la de nuestros antepasados, siendo en casos rápida e intuitiva ya que tiene por objetivo preservar la especie y la vida, por lo tanto estas decisiones están condicionadas por el tiempo, la energía que implica pensar o los hábitos y rutinas, explicado con un ejemplo, la racionalidad es evolutiva porque si tienes un mamut detrás, no te pones a calcular si debes girar a la derecha o a la izquierda: simplemente corres. Las emociones, los sesgos cognitivos y las intuiciones son “trucos mentales” que nos han permitido sobrevivir y tomar decisiones rápidas.
Esta manera de entender la toma de decisiones pone en valor el papel de las emociones, y entiende que no es lo mismo elegir qué café tomas diariamente en el bar de debajo de tu casa que firmar un contrato.
"Las emociones, los sesgos cognitivos y las intuiciones son “trucos mentales” que nos han permitido sobrevivir y tomar decisiones rápidas"
¿Qué mensaje final te gustaría que lectoras y lectores se llevaran después de leer Las mujeres y el dinero?
Lo dejo muy claro al inicio del libro y también en todas las entrevistas: este libro no es un manual de economía ni un texto universitario especializado. Es una ventana para personas que no saben sobre economía, pero que están interesadas en el género, o para economistas que se quieren acercar a la economía de género. Soy consciente de que no tiene el grado de rigor estadístico de un artículo académico ni presenta discusiones sobre regresiones y metodología cuantitativa. Esto no quiere decir que las fuentes no sean fiables, sino que el libro quiere ser una puerta de entrada, no un libro especializado. La idea es ofrecer una pequeña ventana para que, si a alguien le resuena el tema, pueda empezar a interesarse por él. Igual que te puede gustar el baloncesto sin querer jugar en la NBA, alguien puede sentir curiosidad por la economía y el género sin tener que ir a la universidad a hacer un doctorado. Es empezar por algo sencillo y disfrutarlo.
El libro puede servir como una primera toma de contacto de lo que puede venir después. A partir de aquí, quizás alguien descubre un estudio que le parece fascinante y se quiere adentrar más en este mundo, que a mí me parece increíble, tanto desde la Economía Conductual como desde la economía en general con perspectiva de género. Me da pena que, a menudo, este campo quede lejos por culpa de un lenguaje demasiado técnico, o que dependa de personas que explican historias de género pero con códigos que no llegan a todo el mundo. Si queremos llegar más lejos, el lenguaje tiene que ser más cercano. El objetivo del libro es un poco este: ofrecer un espacio accesible, una puerta pequeña pero amable. Un poco como elegir olivas o kikos: una entrada fácil para empezar a degustar todo lo que puede venir después.
Como autora de Las mujeres y el dinero, estoy satisfecha de mi trabajo si…
Si alguien aprende algo con el libro, yo ya soy feliz. Hay personas que me lo han dicho: “He aprendido esto y es muy chulo”, y lo han hecho sin ningún compromiso conmigo. En la presentación del libro en Valls pasó algo curioso: iba con un amigo mío que me acompañó aquella bonita tarde a presentar el libro, justo cuando estábamos entrando en la librería conocimos a una señora que se estaba comprando en ese preciso momento el libro. Ella nos dijo que no se podía quedar a la presentación, pero que había oído a un periodista hablar en la radio sobre la obra y le pareció lo suficientemente interesante como para comprarla. A mí me satisface mucho que alguien que no tiene ni idea del tema, una señora completamente desconocida, se interese. Desde aquí te digo, señora desconocida: espero que disfrutes de la lectura.