El 4 de mayo de 1964, el Boletín Oficial del Estado publicó el Decreto Ley 7/1964, de 30 de abril, sobre Sociedades y Fondos de Inversión y Bolsas de Comercio. La trascendencia del decreto radica en el hecho de que supuso el pistoletazo de salida a la comercialización de fondos de inversión en España. Dos años después llegaría al mercado el primer fondo de inversión mobiliaria, una semilla que ha germinado con tanto éxito, que 60 años después el número de fondos de inversión comercializados en el Estado supera ya los 5.000, con un patrimonio acumulado que se acerca a los 600.000 millones de euros. Estas cifras son la combinación de los fondos nacionales y de los fondos internacionales que se pueden adquirir en España, según los criterios de la patronal del sector, Inverco. Del volumen indicado, tres cuartas partes corresponden a los fondos de gestoras nacionales y el resto a los internacionales. Por número de fondos, los locales suponen dos tercios del mercado.
Para llegar hasta aquí, fue necesario que unos pioneros se lanzaran a la piscina hace seis décadas, y en este caso el honor corresponde a la entidad gestora Gesfondo, que puso en circulación el primer fondo de la historia, bautizado como Nuvofondo. El primero de febrero de 1966, en Barcelona, se inició la comercialización de este producto entonces innovador. Detrás de Gesfondo había un buen puñado de personajes conocidos, como ahora veremos. El capital de la firma pertenecía en un 50% al Banco Urquijo, que estaba acompañado por la Union de Banques Suisses (25%) a través de su filial local, Intrag, SA, y de una sociedad domiciliada en Barcelona que se llamaba Sociedad Internacional de Comercio y Finanzas, SA (Sicofisa), que tenía el otro 25%.
60 años después el número de fondos de inversión comercializados en el Estado supera ya los 5.000, con un patrimonio acumulado que se acerca a los 600.000 millones de euros
El presidente de Gesfondo no era otro que Pere Duran Farell, directivo de moda en aquel tiempo y que estaba vinculado a Catalana de Gas (hoy día, Naturgy), Hidroeléctrica de Catalunya (que ahora forma parte de Endesa) y la Maquinista Terrestre y Marítima (fábrica de maquinaria y de trenes, cuya principal factoría es ahora el centro comercial La Maquinista). Aquel mismo año de 1966, Duran Farell había sido nombrado consejero del Banco Urquijo. El secretario del consejo de Gesfondo era Antoni Negre Villavecchia, personaje también muy conocido, que durante más de una década (1991-2002) fue presidente de la Cambra de Comerç de Barcelona, mientras que el cargo de consejero delegado lo ocupaba Ramon Trias Fargas, prestigioso economista que en la década de los ochenta ejerció en diversas ocasiones de conseller del gobierno catalán. Finalmente, en el consejo de administración también figuraba Joaquín Calvo Jaques, financiero que presidió el Reial Club de Polo entre 1995 y 2002, y el Cercle del Liceu entre 2001 y 2009. Inicialmente, la firma se estableció en la calle Fontanella de Barcelona, para después mudarse al número 449 de la Avinguda Diagonal, entre Casanova y Muntaner.
En las abundantes campañas comerciales que se publicaron en la prensa del momento para dar a conocer aquel producto tan innovador, se destacaba que “Nuvofondo le ofrece la inversión conveniente para sus ahorros. Suscribiendo participaciones de Nuvofondo, se convierte usted en copropietario de diversas empresas de primer orden. Nuvofondo es una nueva forma de inversión que reúne nueve ventajas que difícilmente encontrará usted en ninguna otra forma de colocación de su dinero”. Y, a continuación, enumeraban las ventajas, que giraban todas en torno a la seguridad, la liquidez, la rentabilidad y los beneficios fiscales.
En cuanto a la primera cartera de inversiones que tuvo el Nuvofondo, la parte del león se la llevaban las eléctricas, que suponían casi una cuarta parte del fondo, seguidas por los bancos, con un 16%, y automoción y metal, con cerca del 12%. Las constructoras representaban casi un 9%, mientras que el curioso paquete alimentación-monopolios-transportes se quedaba en un 6,6%. El resto de sectores tenían un 5% o menos, y el de más peso era la industria química. Por debajo, había agua y gas (4,5%), Telefónica (3,5%), y un grupo compuesto por seguros, petroquímicas y siderúrgicas con el 2,2% cada uno. Se reservaban un 13% como liquidez.
A las generaciones más jóvenes les parecerá algo muy extraño, pero durante décadas, el monopolio de los teléfonos, la compañía semipública Telefónica, tenía una serie de números de teléfono que ofrecían determinados servicios; de esta manera, si se marcaba el 093 se podía saber la hora oficial de España, mediante una voz grabada; si se marcaba el 095 se podían oír noticias por teléfono, y, incluso, había un número, el 094, que era un servicio de despertador que te devolvía la llamada a la hora convenida. Pues bien, los responsables de Gesfondo pensaron que sería una buena idea contratar uno de estos servicios para ofrecer información a los clientes del fondo. De esta manera, si se llamaba al 098, una voz informaba del valor liquidativo de las participaciones del día en cuestión. El Nuvofondo tuvo una vida larga, porque la última referencia que se puede encontrar en la prensa sobre su valor diario data de febrero de 1993.
Si se llamaba al 098, una voz informaba del valor liquidativo de las participaciones del día en cuestión
Si este fondo catalán había tenido éxito, era lógico que no tardara en salirle un competidor, y así fue como pocas semanas más tarde apareció el segundo fondo de inversión de la historia, que tenía el curioso nombre de Crecinco. La entidad gestora era Hispanibec, una denominación que tenía relación directa con los ideólogos del producto, los americanos de IBEC (International Basic Economy Corporation), un holding inversor, con carácter internacional -tenía intereses en 33 países diferentes- y con inversiones en seis sectores de la economía: servicios financieros, industria, sector avícola, alimentación y vivienda, supermercados y textil. Los principales accionistas del holding eran la familia Rockefeller.
En la filial española, Hispanibec, el presidente era precisamente el representante de Ibec y entre el resto de miembros del consejo había representantes de Eurofinsa (Euroamericana de Financiación e Inversiones, una entidad vinculada a la familia Garrigues y con lazos con los Rockefeller a través de la Liga Financiera), Banco de Granada, Inversora Industrial, Inversora Africana, Sociedad General Financiera, Tecnibank y Muinver. Aunque la sede estaba en Madrid, disponían también de una oficina en Barcelona, ubicada en el número 645 de la Gran Via de Les Corts Catalanes, entre Roger de Llúria y Bruc.
De la misma manera que el argumentario para encontrar clientes que usaban los responsables del Nuvofondo se basaba en el listado de características positivas que hemos mencionado antes, en Crecinco jugaban con las iniciales del producto, y aseguraban que el espíritu del fondo era el crecimiento, la rentabilidad, las exenciones fiscales, la comodidad, la información, los nuevos servicios, la confianza y la oportunidad... un poco cogido por los pelos.
Uno de los responsables de la distribución del producto era Francisco Donis Ortiz, un ingeniero de minas, de poco más de cuarenta años, que fue protagonista de una situación muy extraña mientras trabajaba para Crecinco. El caso es que entre diciembre de 1968 y febrero de 1969 publicó una serie de artículos en La Actualidad Española firmados con el pseudónimo de Sinod (su apellido al revés) donde relataba unos hechos extraordinarios. Cabe decir que esta publicación pertenecía al Opus Dei -Donis era un ferviente católico- y había sido fundada en 1952 por Florentino Pérez Embid (nada que ver con quien están pensando los lectores), un académico que ocupó muchos cargos durante el franquismo y que desde 1943 formaba parte del Opus Dei.
El segundos fondo de inversión surgido en España fue Crecinco, gestionado por Hispanibec, la filial española del holding inversor IBEC, cuyos principales accionistas eran la familia Rockefeller
Volviendo a los escritos de Donis, lo que explicaba en aquellos artículos es que el 12 de diciembre de 1968, mientras conducía de València a Madrid, recibió un mensaje telepático -no era la primera vez que le pasaba- que le ordenaba que se detuviera en un lugar determinado. Pensando que era todo ello producto de su imaginación, decidió continuar conduciendo, pero el motor empezó a darle problemas, hasta que se paró del todo. Fuera del coche, echó un vistazo a su alrededor y lo que contempló fue un aparato con forma de disco -aquello que llamaríamos un platillo volador- levitando a tres metros del suelo. Del artefacto bajó un ser de apariencia humana que empezó a caminar hacia Donis mientras lo saludaba en la distancia de manera aparentemente afectuosa. Una vez cara a cara, el extraño entabló una conversación en un castellano perfecto. Le explicó que provenía del planeta Urln, pero para sorpresa de todos, resulta que se llamaba Francisco Atienza, como el compliance del Barça, aunque no consta parentesco de ninguna clase. La razón que explicaba que fuera extraterrestre, pero se llamara Atienza, respondía al hecho de que su padre era español y había tenido un vástago con una chica natural de aquel planeta.
A pesar de que, como hemos dicho, los artículos estaban escritos con pseudónimo, su autoría se hizo pública (porque ya sabemos que escribir con pseudónimo no garantiza, ni mucho menos, el anonimato) y esto le trajo consecuencias aún más chocantes. No sabemos cómo se lo tomaron los directivos de Hispanibec, pero lo que sí sucedió es que desde aquel momento Donis empezó a recibir unas cartas muy extrañas. Y aquí entroncamos con una historia que explicamos con pelos y señales en La gran telaraña, bajo el epígrafe Vulcanismo y extraterrestres.
El caso es que en la España de los años sesenta corrió el rumor de que un grupo de alienígenas de aspecto escandinavo campaban por el país, donde habían llegado unos años antes procedentes del planeta Ummo. Cuando no estaban ocupados explorando la geografía peninsular, los ummitas se encerraban en casa y se dedicaban a escribir cartas a máquina explicando con todo detalle cuán avanzada estaba la ciencia de su planeta. Todas las cartas iban firmadas con el símbolo de Ummo, mediante un tampón que probablemente estaba hecho con una patata. Por cierto, el símbolo tenía cierta semejanza con la letra Ж del alfabeto cirílico, o más aún, con el dibujo que forman las líneas en los polos de un balón de baloncesto.
Las cartas iban destinadas a interesados en el tema ovni y se enviaban por correo postal convencional. Cuando los ummitas se enteraron de que un tal Donis había tropezado con un alienígena, pensaron que el hombre de Crecinco sería el receptor ideal de sus misivas e ipso facto lo incluyeron en la lista de distribución. El asunto Ummo aún duraría prácticamente hasta finales de los setenta, momento en que empezó a declinar. Aunque toda la trama era absolutamente delirante, hubo verdaderos creyentes en el caso que se negaban a aceptar que podía ser un fraude. Finalmente, en 1996, el psicólogo industrial José Luis Jordán Peña -un habitual del mundo de los ovnis- admitió que todo el asunto Ummo no era más que humo y que él había sido el artífice, así como el redactor de todas las cartas que los supuestos extraterrestres habían enviado a sus adeptos.
En 1985 el nombre de Crecinco desapareció después de casi dos décadas de existencia porque el fondo fue bautizado como Increment
Volviendo al mundo financiero, solo queda añadir que en 1975, el Grupo Velázquez -una empresa cotizada en bolsa- adquirió la mayor parte del capital de Hispanibec. Los compradores eran un grupo formado por una rama inmobiliaria -que era el origen del negocio-; una rama de inversiones, donde había Hispanibec y otras sociedades vinculadas que también habían adquirido, como era el caso de Copernicus; una rama financiera dedicada a la financiación, y una división comercial. No fue el último cambio accionarial, porque a principios de los años ochenta, Fibanc, la entidad financiera fundada por Carles Tusquets Trias de Bes, se hizo cargo de esta gestora, que pasó a llamarse Ges Fibanc. En 1985 el nombre de Crecinco desapareció después de casi dos décadas de existencia porque el fondo fue bautizado como Increment. Cuando Fibanc se integró en la banca italiana Mediolanum, la gestora tomó la denominación del nuevo propietario.
Si en aquella segunda mitad de los sesenta los fondos de inversión habían arrancado con mucho empuje, la crisis del petróleo de 1973 y la caída subsiguiente de las bolsas supondrían un frenazo casi total a este mercado. Prueba de ello es que cuando la gestora que acabamos de mencionar, Fibanc, sacó al mercado el fondo Fondiner, en el año 1984, hacía una década que no aparecía ningún nuevo fondo en el panorama estatal. Habría que esperar hasta los años noventa para vivir una era dorada de los fondos de inversión.