El año 2024 será recordado por las protestas de los agricultores de toda Europa. La revuelta campesina expresaba el descontento de los agricultores por diversas causas. Por un lado, el cambio climático, el cual incrementa su capacidad destructiva al multiplicar los fenómenos meteorológicos extremos, transformar el ciclo fenológico de las plantas y, además, con unas temperaturas que no dejan de crecer.
Por otro lado, el cansancio vinculado a la aplicación del Pacto Verde Europeo, por el cual el sector debe hacer frente a nuevas exigencias de sostenibilidad. Estas exigencias, sin embargo, no tienen un reflejo espejo en las relaciones comerciales con otros países fuera de la Unión Europea (UE), un hecho que genera lógica incomprensión. Finalmente, como losa insoportable y desmotivadora, una burocracia excesiva e ineficiente
Intentando reparar el espejo roto
Como respuesta, durante 2025, la UE se ha puesto a corregir y moderar algunas de sus propuestas poniendo un mayor realismo en cuanto a la ambición medioambiental. Con este fin, el pasado febrero se publicó la comunicación de la Comisión Europea sobre “una visión de la agricultura y la alimentación: configurando juntos un sector agrícola y agroalimentario atractivo para las nuevas generaciones futuras”. Se trata de las orientaciones estratégicas que deben atender las sensibilidades y problemáticas expresadas por el sector, los retos medioambientales y tecnológicos, recogiendo las propuestas del Informe Draghi y las incertidumbres que acompañan la realidad geopolítica actual.
Atendiendo a esta visión, ya se ha definido el “nuevo marco presupuestario de la PAC, propuesta para 2028-2034”. Un documento que, sin embargo, entrará en debate y son previsibles múltiples modificaciones antes de que acabe como documento final aprobado. El informe, no obstante, apuesta por el agricultor profesional y aboga por unas ayudas diferenciadas y orientadas a quien más lo necesita, de manera cercana a propuestas que hemos compartido con Lorena Farràs en el libro Cuits pel clima.
Asimismo, en cuanto a mejorar el equilibrio en las exigencias sanitarias y de producción agroalimentaria entre Europa y países terceros, la UE pretende establecer nuevos acuerdos reguladores de las relaciones comerciales con diferentes áreas geográficas. Mercosur sería el ejemplo paradigmático.
Sorprendente estallido de nuevos problemas
Sin embargo, el año 2025 no ha dado tregua a los problemas. Al contrario, estos han ampliado la capacidad para sorprender. Cabe destacar, por su capacidad disruptiva, las crisis sanitarias de la ganadería. En poco tiempo en Catalunya se ha declarado la enfermedad dermatosis nodular del bovino en algunas granjas de Girona, la peste porcina africana (PPA) en jabalíes cerca de la sierra de Collserola y la gripe aviar en una granja de Lleida. El año acaba con nuevas movilizaciones de agricultores.
Al margen de la gravedad de las tres crisis sanitarias en diferentes especies animales, la PPA es la que ha propiciado un mayor trasiego. El sector porcino, el primer sector alimentario de Catalunya, acumulaba una larga serie de más de cuatro años con precios altos o muy altos. Las altas ganancias correspondientes habían llamado a una especie de fiebre del oro en el sector porcino. En este caso el oro eran las granjas de cerdos. Entre los diferentes competidores se compraban, vendían y se construían nuevas granjas en el seno de una fiebre de frenesí por no perder oportunidades económicas. Pero solo hizo falta encontrar un jabalí infectado de PPA en el área metropolitana de Barcelona para trastocar instantáneamente y radicalmente las expectativas comerciales del sector y hundir los precios hasta niveles desconocidos desde hacía muchos años.
El sector porcino, el primer sector alimentario de Catalunya, encadenaba una larga serie de más de cuatro años con precios altos o muy altos
Sin que la PPA haya afectado a ningún cerdo de granja, se ha tenido que revisar país por país las condiciones para la exportación de carne y productos elaborados de cerdo. Aun así, continuamos pendientes del riesgo de que aparezca un cerdo infectado fuera del área de contención inicial (área cero) o que algún cerdo de alguna granja se infecte, una posibilidad que acentuaría radicalmente la crisis comercial. Cabe decir, sin embargo, que la actuación de la Administración Pública ha sido rápida, contundente y eficaz. Confiamos, pues, en que se acabe por fin el goteo de nuevos casos de jabalíes muertos por PPA en el área cero.
Otro tema muy relacionado es la gestión de la fauna salvaje. Pagesos o Conills es la afortunada denominación de un grupo de agricultores hartos de ver estropeadas sus cosechas por una plaga de conejos, corzos y jabalíes. No les falta razón cuando reivindican una gestión de la fauna eficiente, aunque igualmente respetuosa con la biodiversidad, pero atenta a los equilibrios necesarios para garantizar la producción agraria y la viabilidad de las empresas agrarias.
Escenario geoestratégico enloquecido
Más allá del sector agroalimentario de Catalunya o de España, el escenario geoestratégico global se ha transformado radicalmente. La impactante victoria de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, la emergencia de las ideas autocráticas, la beligerancia expansionista de Rusia y la silenciosa revolución tecnológica china están conformando un mundo bien diferente del que se idealizaba hasta hace muy pocos años.
Las guerras nunca dejaron de existir, pero ahora se han multiplicado. La lista de países en conflicto armado empieza a ser muy larga. El riesgo de una Europa en guerra ha entrado en el imaginario de lo que es posible. De hecho, el incremento del gasto militar responde a la preparación de esta guerra.

Están ocurriendo hechos que nos recuerdan demasiado a los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Con una evidencia que debería ser motivo de alta preocupación: la debilidad de Europa. Una Unión Europea totalmente dependiente de las empresas tecnológicas de los Estados Unidos e incapaz de hacer aquello que es evidente, es decir, avanzar hacia la Unión Política.
Mientras tanto, continuamos al ritmo de los caprichos de Trump, ya sea en aranceles, expulsión de inmigrantes, negacionismo climático, despliegues militares, voluntad de ocupación o compra de nuevos países. Entre otros. Todo ello configura un escenario de serias incertidumbres y riesgos a diferentes niveles.
Sin embargo, el cambio climático no se detiene en su progreso hacia impactos crecientes. Hay que ser conscientes, tal como se ha expuesto repetidamente: la crisis alimentaria se convertirá en la manifestación más aguda de la crisis climática.
¿Estamos atentos a los nuevos riesgos estratégicos?
Curiosamente, no parece que aquí estemos especialmente preocupados por el escenario global, y menos por los riesgos sobre el abastecimiento alimentario. Catalunya tiene un grado de autosuficiencia alimentaria inferior al 50%. Atendiendo a esta realidad, su sistema alimentario es dependiente de los mercados globales, como proveedor de materias primas y como destino de los productos elaborados de su importante industria agroalimentaria.
En cualquier caso, las nuevas incertidumbres y crecientes riesgos geoestratégicos alimentarios, sobre todo en ganadería intensiva, parecerían abogar por reafirmar la producción agrícola. Pero en Catalunya se está haciendo lo contrario desde hace muchos años. Veamos.
Sin menospreciar, antes al contrario, la importancia crítica de los retos medioambientales, se puede afirmar con serenidad que se ha producido una desproporcionada y poco apropiada gestión de las reservas de espacios naturales protegidos. Un tercio del territorio catalán está incluido en zonas de especial protección para las aves (ZEPA), un porcentaje de afectación insólito en relación con la mayoría de otros países europeos. Es un ejemplo de cómo las mejores tierras agrícolas (Baix Llobregat) han quedado seriamente limitadas para poder desarrollar una agricultura competitiva. Igualmente, el Segarra-Garrigues ha puesto en riesgo su viabilidad económica y muchas tierras han quedado incapacitadas para la producción agrícola. Los criterios de ubicación de las ZEPA han sido desproporcionados y con localizaciones de difícil justificación, cuando había tierras alternativas equivalentes fuera del área regable.
Los criterios de ubicación de las ZEPA han sido desproporcionados y con localizaciones de difícil justificación, cuando había tierras alternativas equivalentes fuera del área regable
La otra actuación incomprensible, limitadora de los potenciales agrícolas, es la posible destrucción legal de tierras agrícolas potencialmente regables. Aproximadamente, el 70% de la producción agrícola proviene de las tierras de regadío que ocupan el 30% de las tierras regables, pero estos valores se incrementarían mucho más con unos regadíos modernos digitalizados. Al mismo tiempo, en las tierras de secano, con riesgos de sequía incrementados, la producción podría verse significativamente afectada, tal como nos ha mostrado el último episodio de falta de lluvias.
Pero, de la forma personalmente más increíble y desalentadora, el actual gobierno, ha aprobado el decreto ley 22/2025 de 28 de octubre, el cual abre las puertas a destruir por placas solares tierras de regadío, provistas de agua con unas infraestructuras costosas que han precisado de inversiones públicas y que son imprescindibles para el abastecimiento alimentario del país. He hablado ampliamente de este tema en artículos precedentes.
De la totalidad de la superficie de Catalunya, el regadío ocupa el 8%. En ningún caso esta superficie es necesaria para atender el reto de las energías renovables pero, en contraposición, es crítica para atender el reto alimentario. Es desalentador que se haya sido incapaz de imponerse a intereses particulares de empresas eléctricas y propietarios de terrenos para hacer un acto tan simple como necesario que habría sido prohibir la instalación destructiva (no se refiere a agrivoltaica o autoconsumo) en tierras potenciales o reales de regadío. Una expresión de la insensibilidad de este país por la comida de cada día. Como si no hubieran hablado bastante claro las tres crisis de los cereales en los últimos dieciocho años que provocaron hambre y guerras de las cuales todavía vivimos las consecuencias, como si no hablaran los precios pasados del aceite de oliva, el cacao, el café, el azúcar, el cerdo... y lo que está viniendo.
Hay que contradecir al país del no
Otra enfermedad social de Catalunya (y no solo de aquí) es la cultura del no a todo. No a cualquier transformación, por más necesaria que sea para el progreso y el futuro. Me he referido a ella bastantes veces. Pero esta dificultad destacada y sostenida de nuestra tierra me hace pensar que la actitud de los gobiernos habidos desde hace años la han propiciado: ya sea trasladando al futuro las soluciones o bien distribuyendo caramelos para aplacar posibles tensiones.

Las expresiones del no al futuro más características son el fenómeno NIMBY (Not in my back yard) y las expresiones ludistas (aquellos que durante la revolución industrial quemaban fábricas para impedir la pérdida de puestos de trabajo). El nimbysmo (en mi casa no) como expresión insolidaria se expresa de manera colectiva frente a casi todos los cambios transformadores y de futuro, ya sean plantas de biogás, prisiones, infraestructuras, etc. Así vamos a la cola de muchas cosas. Las últimas expresiones de esto las hemos visto en Badalona, como unos vecinos se han agrupado y protestado para impedir que tuvieran una acogida y techo provisional personas sin techo y que poco pedían.
El ludismo también se expresa últimamente de manera intensa; son tiempos de cambios y estos a menudo cuesta entenderlos. Es una posición defensiva, comprensible, pero al mismo tiempo bloqueadora del progreso que beneficiaría a los propios luditas. No se trata de crear máquinas, es momento de construirlas. ¿Qué sentido puede tener ahora, por ejemplo, bloquear la modernización del regadío.
Mirando hacia adelante
Mirar adelante es ser consciente de que hemos entrado en un nuevo escenario de dificultad. Frente a esto hay que tener muy presentes los objetivos estratégicos, de mirada larga, y una atención especial a los recursos y las infraestructuras básicas más resilientes. Una de ellas, sin duda, es la capacidad productiva de alimentos del país y de una manera específica los potenciales agrícolas, más que ganaderos, de este.
Las soluciones están en el futuro, no en el pasado. En el futuro encontramos una ciencia y tecnología en crecimiento incesante que está siendo capaz de entender mejor la realidad y aprovechar los recursos naturales de la manera más eficiente y positiva para aportar soluciones de bienestar y sostenibilidad. Es aquí donde debemos destinar los recursos, en lugar de destinarlos a apaciguar descontentos ante los cambios. Se debe dar apoyo informativo, formativo y financiero para hacer posible asumir los nuevos retos tecnológicos.
En el futuro encontramos una ciencia y tecnología en crecimiento incesante que está siendo capaz de entender mejor la realidad y aprovechar los recursos naturales de la manera más eficiente y positiva
Pero, sobre todo, apostar por soluciones equilibradas entre las exigencias medioambientales y las necesidades productivas precisas para atender las demandas de una población creciente con ansias legítimas de bienestar. En este sentido, hay que frenar las propuestas utópicas desde un sostenibilismo mal entendido. Hay que corregir excesos y actuaciones realizadas de forma desequilibrada. No hacerlo comporta incomprensión y alimenta las posturas negacionistas y autocráticas.
Ciertamente, hay que recuperar de forma creíble el discurso realista y posible sobre la sostenibilidad ambiental y el impulso de la solidaridad y la cooperación como mejor herramienta de futuro. El año 2026 será decisivo para enderezar los caminos hacia un futuro sostenido y sostenible o entrar en un ciclo autocrático de desatención social y medioambiental. ¡Hay que actuar!