Probablemente, la conexión más profunda que tengo con Modest Guinjoan es el romesco, que no deja de ser la salsa nacional del Camp de Tarragona. Lo digo porque él es de Riudoms -¡epa, poca broma: allí también nació Gaudí!- y yo soy de la capital, de Tarragona. Pocos kilómetros separan el área productiva de aquel territorio, agrícola e industrial, de su centro administrativo, religioso y burocrático, que es en lo que Tarragona ciudad, ya desde la época romana, se ha especializado tradicionalmente.
Hablar de Modest Guinjoan es hablar de la empresa catalana. De cualquier tamaño y especialidad. Pequeña, grande, sector agroalimentario, industrial puro... Porque él es de los escasos economistas que no ha centrado su especialidad en el mundo académico o de la empresa. No, señor. También se ha involucrado en el sector público y en el de la consultoría. Como buen inquieto ha ido probando los diferentes niveles que, profesionalmente, ofrece su oficio.
Como muchos, si no todos, los personajes significados de la sociedad catalana, le duele la decadencia en que ha entrado el país. Mirar alrededor es bastante deprimente, dice. Aunque no duda a arremangarse cada día para mejorar la situación. Ahora mismo ha publicado un libro donde explica cómo lo ve económicamente: Créixer o progressar. Catalunya davant del mirall.
Esta sección se titula Sobre hombros de gigantes. Es decir, que incluso Newton, que fue quien la bautizó, reconocía que siempre se avanza gracias a quienes han venido antes. ¿Quién te introdujo en este trabajo cuando saliste de la universidad?
Si tuviera que buscar un punto de partida, unos hombros en los que me apoyé cuando apenas comenzaba, podría decir que estos fueron los de Jacint Ros Hombravella.
Sí, hombre, Cinto Ros Hombravella fue un economista remarcable. De una catalanidad impecable. Me dio, algunas veces, consejos valiosos...
Ciertamente. Me dirigió la tesis y después me introdujo en el Centre d’Estudis i Assessorament Metal·lúrgic (Ceam). Allí conocí a otros economistas como Francesc Santacana, entre otros, muy ligado a la economía catalana y barcelonesa. En el Ceam trabajé en los servicios de estudios. El Ceam es una institución que ya tiene más de setenta años y su misión queda clara en su nombre. Yo empecé cuando el peso del sector metalúrgico en el país era muy superior al de ahora. Después fui a parar al Departament d’Indústria. Allí empecé mi trabajo en el sector público. Fui jefe del gabinete técnico del departamento y después director del Cidem -que, con los años, ha devenido lo que ahora es Acció-.
Y ahí acabará tu intervención en la cosa pública.
Sí. Consideré que ya era suficiente. Además, algunas decisiones que se tomaban no me acababan de convencer. Siempre he sido bastante autodidacta con buenas dosis de rebeldía. Lo que pasa es que no acostumbro a hacer ruido. Cuando algo no me gusta, me voy. No soy demasiado amigo de las reivindicaciones...
Este es un talante muy catalán. Cuando las situaciones devienen ilógicas, más vale buscar el razonamiento en otra parte. Por eso siempre hemos tenido pocos líderes sindicales.
Después, con Josep Bombardó –el sabadellense, el empresario textil tan importante– levantamos el Barcelona Moda Centre, un lugar de muestra –una pequeña feria de muestras del textil– donde las empresas podían ir a ver lo que se producía en el país. Estaba en Aricasa. Aquello que ahora se llama hub. Y es que venía a ser un hub del sector textil y de la moda. Y ya más tarde establecí, con otros, una consultora que hace proyectos. En paralelo, he sido veinte años profesor asociado en el Departamento de Economía y Empresa de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y también presidente de la comisión de economía catalana del Col·legi d'Economistes de Catalunya.
"Lo que podríamos decir que caracteriza a la empresa catalana en cuanto a tamaño es que la empresa grande catalana no es lo suficientemente grande"
Tú que, en lo que respecta a las empresas catalanas, las has visto de todos los colores y que conoces la microeconomía catalana, ¿es cierto que la empresa catalana es demasiado pequeña?
Este es un mantra muy extendido y en el que, hasta hace poco, todos creíamos. Pero no es cierto. La proporción de empresa pequeña respecto al total es, prácticamente, la misma que en Alemania. Lo que podríamos decir que caracteriza a la empresa catalana en cuanto a tamaño es que la empresa grande catalana no es lo suficientemente grande. Por importante que sea, siempre queda desequilibrada por el volumen. Es cierto que hay excepciones -muy pocas-. No somos lo suficientemente capaces de crear grandes campeones empresariales. Y este hecho tiene mucho que ver con nuestro talante.
Siempre he pensado que el empresario catalán no sabe compartir. En dos vertientes: para hacerla crecer con nuevo capital foráneo en la empresa, y por el problema sucesorio.
El problema sucesorio lo he conocido de cerca y varias veces. La receta es tan clara y fácil como de difícil aplicación, siempre que se mezclen aspectos afectivos y emocionales. La correcta sucesión de la empresa familiar pasa por la profesionalización. Es decir, una vez el fundador, el emprendedor original, tiene que retirarse, la gestión de la empresa debe pasar a manos de profesionales y técnicos. ¿Que, a veces, alguno de los descendientes familiares es un buen administrador o técnico empresarial y puede formar parte del equipo de gestión? Pues adelante. Ahora bien, esta situación se da de forma rara.
Parece lógico. Las características intrínsecas al emprendedor no parecen formar parte del ADN que se transmite por la procreación.
Exacto. Si se quiere garantizar la buena marcha de la empresa, no solo una supervivencia para ir tirando, hay que profesionalizar la gestión. La familia debería quedar en el consejo de administración representando los intereses del accionista. Fíjate en cómo han sobrevivido las empresas familiares que ahora son grandes conglomerados industriales (Fiat, Siemens, Citroën, etc.), ahora la familia tiene una parte no demasiado grande de un pastel enorme. Para hacerlo breve, aquí se prefiere tener el 100% de algo pequeño. Tan pequeño que, a menudo, tiene que cerrar.
"Veo a Catalunya en declive social y económico. Hemos perdido la identidad colectiva, aquello que nos hacía diferentes como nación"
Podemos aplicar el mismo principio en lo que respecta al crecimiento de los grupos empresariales. Las empresas catalanas se venden con facilidad a grupos foráneos, pero somos incapaces de fusionarnos o dar entrada a capital para poder crecer.
Exacto. ¡Antes de perder el control, me lo quito de encima! Este parece ser el principio del empresario catalán medio. Compartir no es una característica nuestra. Tampoco el hecho de tener que rendir cuentas a alguien que viene de fuera, que se ha incorporado al capital y que, por tanto, tiene derecho a recibir explicaciones de cómo se gestiona la empresa.
La suma de muchos casos como este y, además, factores externos que no juegan a favor configuran el país. Como decís los economistas, el agregado de todo esto más la política que gobierna son los que configuran el país. ¿Cómo lo ves, el país?
En declive social y económico. Hemos perdido la identidad colectiva, aquello que nos hacía diferentes como nación -buenas cosas en muchos aspectos- y que nos ha dado la posibilidad de vivir con cierto tono. El problema, añadido, es que no le veo freno a esta tendencia.
¿Cuáles son los aspectos más importantes que crees que nos llevan a esta decadencia?
No hay capital político. Tenemos una clase política poco valiente, acomodaticia. Y, como te digo, no le entreveo ganas de cambiar. Falta un liderazgo político. Recuerda que ellos no solo lideran sus partidos. Tenemos 300.000 funcionarios y empleados públicos sin norte. De acuerdo, hacen el día a día, como una gestoría. Pero están desorientados. Las consecuencias son evidentes. No contar con un liderazgo de país quiere decir dejarse llevar por la corriente dominante y, no hace falta decirlo, esta corriente es española.
¿Las consecuencias prácticas?
Pues lo que te decía. Hemos perdido nuestro ADN productivo. La sociedad catalana se ha especializado en eventos, fiestas, congresos de todo, turismo, etc. La industria está en retroceso, ya que pierde peso respecto del total del resto de la economía, que crece en otros dominios. ¡Hay tantas áreas donde podríamos ser determinantes! Además de la industria manufacturera, deberíamos profundizar en sectores como el agroalimentario, el energético, el de la gestión del agua...
¿Qué piensas de la trayectoria de nuestro sistema financiero? Muchos todavía esperamos una explicación.
Efectivamente. Nos preocupamos ahora cuando, de hecho, nuestro sistema financiero quedó aniquilado como resultado de una crisis —la Gran Recesión de 2007— mal gestionada. Algunas de las cajas hubieran podido ser rescatadas. Pero nadie se quiso hacer cargo y quedaron absorbidas, a precio de saldo, por entidades sin alma de país. Y esta es la gran diferencia con el País Vasco. No todo se acaba con el concierto. En el País Vasco hay una complicidad entre la clase política y el empresariado muy intensa. Tienen una confluencia de intereses muy viva y sin fisuras. ¿Y sabes por qué?
Dime.
Tienen el país en la cabeza. Comparten la defensa de la nación. Y una entidad financiera arraigada y sin distracciones españolas. El tema es importante: el sistema financiero vasco cohesiona los intereses políticos y los empresariales. Fundamental para un país que quiere ser nación.
Siempre he dicho que la diferencia entre los políticos vascos y los nuestros es que ellos han ido a la escuela -saben leer y escribir, y las cuatro reglas básicas-. Los nuestros, no.
Probablemente sea esto. La pregunta es: ¿cómo lo revertimos?