La crisis de Rodalies del último mes y las restricciones por temas climatológicos no solo originan problemas de movilidad; también tensionan todo el sistema productivo y la calidad de vida de las personas que diariamente se desplazan. Antes de estos episodios podíamos hablar del privilegio de vivir y trabajar cerca de casa. Hoy en día, con estas circunstancias, pasa a ser una necesidad. El colectivo autónomo es una de las claves de la solución.
Los datos nos ayudan a entender por qué. En Catalunya, 15 de cada 100 personas ocupadas trabajan en el régimen de autónomos. Pero la media esconde realidades muy diversas. Solo siete comarcas, la mayoría metropolitanas o fuertemente urbanas, se sitúan por debajo de este 15%. En muchas comarcas interiores, el peso del trabajo autónomo se sitúa alrededor del 20% y, en algunos casos, se acerca o supera el 30%, como en la Terra Alta, el Pallars Sobirà o la Cerdanya.
Aunque el Barcelonès y comarcas adyacentes concentran el número más alto de autónomos, su peso sobre el total de ocupados es claramente superior fuera de las zonas más metropolitanas. A medida que nos alejamos de los grandes núcleos urbanos, la actividad económica se construye sobre todo sobre trabajo por cuenta propia, negocios locales, talleres, establecimientos y micro y pequeñas empresas.
El mismo patrón se confirma en la dimensión empresarial. Las empresas medianas y grandes se concentran principalmente en la provincia de Barcelona. En el resto del territorio predominan estructuras pequeñas. Allí donde no hay gran dimensión empresarial, el tejido económico se basa en iniciativas locales.
También el mapa sectorial varía según la zona. Los servicios concentran casi ocho de cada diez autónomos, especialmente en las comarcas metropolitanas y litorales. En cambio, al oeste del país el modelo es más diversificado. El sector primario llega a representar cuatro de cada diez afiliados en comarcas como la Terra Alta y tiene un peso significativo en diversas zonas leridanas. Hay, además, una franja interior con actividad industrial relevante y una construcción más intensa en territorios no metropolitanos.
Cuando el modelo obliga a separar sistemáticamente lugar de residencia y lugar de trabajo, cualquier incidencia que afecte la movilidad es un factor de vulnerabilidad económica
La conclusión es clara: fuera de los grandes polos urbanos, el funcionamiento económico cotidiano depende de negocios pequeños y del trabajo autónomo. Y esto es especialmente relevante en un contexto de movilidad frágil.
Cuando el modelo obliga a separar sistemáticamente lugar de residencia y lugar de trabajo, cualquier incidencia que afecte la movilidad es un factor de vulnerabilidad económica. No es solo un problema de transporte; es una cuestión de organización territorial de la actividad productiva. Y esto no se resuelve únicamente mejorando infraestructuras: exige repensar dónde generamos actividad económica y cómo la distribuimos.
Pero vivir y trabajar en el territorio no quiere decir que todo el mundo tenga que ser autónomo. Quiere decir que haya suficiente actividad económica local para que una persona pueda encontrar trabajo en su entorno, sea como profesional por cuenta propia o trabajando en una micro o pequeña empresa.
Para que esto sea posible, los negocios tienen que vender. La tienda tiene que tener clientes, el taller encargos, el restaurante mesas ocupadas, la explotación agrícola salida para su producto, la industria pedidos. Y ganar facturación no depende solo del esfuerzo individual; depende también del entorno regulatorio, de la planificación municipal y autonómica, y de las conexiones entre territorios.
Aquí entra la visión de país.
¿No deberíamos esperar que el aceite servido en un restaurante de la costa provenga de Lleida o de las Terres de l’Ebre? ¿Que los quesos del Pirineo o del Lluçanès lleguen a los lineales de toda Catalunya? ¿Que los productos transformados aquí tengan presencia preferente en nuestro propio mercado y en la exportación? Cada decisión de compra no es neutra: refuerza un modelo concentrado o contribuye a sostener actividad en el territorio.
La cohesión territorial se construye con infraestructuras de comunicación y logística, pero también con mercado interno y actividad económica viable e interrelacionada. Depende de políticas que faciliten la apertura y ampliación de negocios, de agilidad administrativa, de compra pública alineada con el territorio, de empresas que traccionen las unas de las otras y de una ciudadanía consciente de que cada decisión de consumo tiene impacto.
La cohesión territorial se construye con infraestructuras de comunicación y logística, pero también con mercado interno y actividad económica viable e interrelacionada
Porque sin ventas no hay consolidación. Sin consolidación no hay crecimiento. Y sin crecimiento no hay ocupación en el territorio.
Cuando nos alejamos de los grandes núcleos urbanos, el autónomo deja de ser una opción profesional más y se convierte en condición de posibilidad para que haya actividad y ocupación. No es solo una figura laboral; es una infraestructura económica distribuida.
Si queremos un país resiliente ante una movilidad incierta, el apoyo al trabajo autónomo no puede ser residual ni reactivo. Debe formar parte de una estrategia territorial compartida. Gobierno, ayuntamientos, empresas y ciudadanía tenemos una decisión a tomar: continuar asumiendo un modelo excesivamente concentrado o reforzar un territorio capaz de generar actividad allí donde la gente vive.
Porque el debate no es solo cómo nos movemos. Es qué país queremos construir.