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Desde Rumanía: el país de las mil caras donde el efectivo sigue siendo necesario

Un viaje por las grandes ciudades imperiales y el interior más salvaje, en el que la falta de infraestructuras y el peso de las tradiciones marcan la ruta

Aérea del monasterio de Bârsana, situado en Maramureș, Rumanía | iStock
Aérea del monasterio de Bârsana, situado en Maramureș, Rumanía | iStock
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Emprededor y viajero
Rumanía
08 de Noviembre de 2026 - 04:55

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Rumanía es otro país de los que me gustan. Un país lleno de contrastes. Por un lado, la herencia del Imperio Austrohúngaro se hace especialmente visible en el patrimonio arquitectónico de ciudades como Cluj-Napoca, Sibiu, Timișoara o Brașov. Sus calles y edificios me hacían pensar en la majestuosidad de otras ciudades europeas como Viena, París, Praga o Budapest. Bucarest. A pesar de no haber formado parte del Imperio, también me sorprendió por su arquitectura monumental y la red de transporte público. Por otro lado, el paisaje de postal que ofrecen las zonas rurales –esta vez he recorrido las regiones históricas de Moldavia, Bucovina, Maramureș, Transilvania y Crișana– me hacían pensar en Canadá o, más cerca de casa, algunos tramos de la famosa Transpirenaica.

 

Mientras circulaba esquivando baches por las carreteras del norte, bordeando ríos y subiendo por puertos de montaña llenos de abetos y coronados por monasterios, esperaba ver un grizzly cazando salmones al aire o un alce enorme cruzando la carretera. Evidentemente, esto no sucedió, pero si vais a Rumanía, recordad que el país acoge una de las poblaciones de oso pardo más numerosas de Europa y que su presencia no se puede subestimar. Los carteles que anuncian “zona frecuentada por osos” y las alertas a través del teléfono son algo habitual que reconozco que me ponía los pelos de punta y me mantenía en una alerta constante. Recuerdo el susto que me llevé cuando, durmiendo en la cima de la Transraraul, oía el bramido de los osos por la noche. Igual que me pasaba con la tramontana de la Costa Brava, me acurrucaba bajo la manta sonriendo, convencido de que estaba protegido dentro de la “Vicky”.

Debido a la falta de infraestructuras y el estado pobre de las existentes, me di cuenta de que, en Rumanía, es mejor medir la distancia en tiempo en vez de kilómetros

Debido a la falta de infraestructuras y el pobre estado de las existentes, me di cuenta de que, en Rumanía, es mejor medir la distancia en tiempo en lugar de kilómetros. La referencia que tenemos los que estamos acostumbrados a la Europa occidental no es precisa en países como este. Como os comentaba en el artículo sobre la Transfăgărășan, otro contraste es su agresividad al volante, que es proporcionalmente directa al estado de la carretera. Os animo a poner una buena dosis de temperamento en la maleta para afrontar los adelantamientos temerarios que hacen los conductores multitarea – fumando, manipulando el teléfono y conduciendo a la vez - que los propios rumanos bautizan como “donantes de órganos” por los accidentes que sufren y/o provocan.

 

Con una población de unos diecinueve millones de personas y un PIB de aproximadamente 354.000 millones de euros en 2024, Rumanía ha experimentado una transformación económica notable desde su entrada en la Unión Europea (UE) en 2007. Según la Comisión Europea, su PIB per cápita ha pasado del 44% de la media de la UE en 2007 a aproximadamente el 78% en 2024. Sin embargo, los desequilibrios macroeconómicos y la incertidumbre política han frenado considerablemente el crecimiento: la Comisión Europea prevé prácticamente un estancamiento para 2026. Cabe destacar que esta convergencia es muy desigual territorialmente, con una concentración de la actividad económica en determinados polos urbanos e industriales y diferencias importantes respecto de muchas zonas rurales.

Un apunte interesante es que, aunque Rumanía todavía no ha adoptado el euro y su moneda es el leu rumano –lei en plural–, he observado que muchas operaciones inmobiliarias y algunas compraventas de vehículos u otros bienes de importe elevado se referencian en euros, incluso entre particulares. A grandes rasgos y de forma muy general, la actividad económica más importante se encuentra en el área metropolitana de Bucarest, que concentra sedes corporativas, bancos y administración. En el oeste, Timisoara y Arad destacan por la fabricación de los componentes de automoción y electrónicos conectados a cadenas industriales europeas.

El centro, en Transilvania –más allá de los turistas que atrae el famoso Conde Drácula (el personaje creado por Bram Stoker que a menudo se asocia con Vlad el Empalador) y las pistas de esquí de Brasov– combina industria manufacturera, componentes, maquinaria y metalurgia, con Cluj-Napoca como polo tecnológico y universitario. En el sureste, Constanța es clave por su puerto en el mar Negro y la conexión con el Danubio y la red fluvial europea; Galați mantiene una tradición siderúrgica y naval, mientras que el entorno de Ploiești –en el interior– destaca por la industria petrolera y química. La zona norte, por donde he estado el último mes y medio, presenta un perfil diferente, con un peso importante de la agricultura, la ganadería y la actividad forestal en muchas áreas rurales. Iași, en la Moldavia rumana, destaca como centro universitario y de servicios.

La experiencia me ha confirmado que, cuando se viaja por zonas rurales, llevar efectivo sigue siendo una precaución práctica

Según la OCDE, el turismo rumano depende mucho del mercado nacional: en 2024 registró 12,2 millones de visitantes nacionales que pernoctaron en alojamientos comerciales, frente a 2,4 millones de visitantes internacionales. La zona norte, para mí, una de las zonas más bonitas del país, también tiene un potencial turístico considerable. Es una zona que tiene un perfil de turista diferente al de Bucarest o Transilvania, ya que su principal atractivo no son las grandes ciudades ni los monumentos urbanos, sino el patrimonio rural, las tradiciones, los monasterios, los paisajes montañosos y una forma de viajar más ligada al territorio.

Maramureș es, probablemente, una de las zonas que mejor conserva la imagen de la Rumanía rural tradicional: casas de madera, puertas talladas, iglesias históricas, prados y pueblos rodeados de montañas. Uno de los lugares que he encontrado más interesantes es el Cementerio Alegre de Săpânța, donde las cruces de colores y los epitafios explican la vida de los difuntos de una manera poco habitual. Algunos recurren al humor negro para recordar sus defectos y costumbres, como el famoso epitafio de la suegra o el del hombre aficionado a la bebida. Otros, hacen un resumen de lo que han logrado en la vida y, algunos, son mucho más impactantes, como el de una niña de tres años que murió atropellada por un taxi procedente de Sibiu y que expresa el dolor de sus padres.

En Bucovina, el principal reclamo son los monasterios medievales con frescos exteriores, un patrimonio excepcional que combina arte religioso, historia y paisaje. Y la Moldavia Rumana es una región más extensa y diversa que combina zonas agrícolas, ciudades históricas y áreas montañosas en los Cárpatos orientales.

En muchos de estos lugares rurales que he recorrido, pagar con tarjeta ha sido casi imposible. Tanto en algunos comercios –incluyendo alguna gasolinera– como en los puestos de souvenirs, me he encontrado con que el efectivo era la única opción disponible. Aunque no lo puedo determinar con seguridad, imagino que las razones son las mismas por las cuales la tarjeta era poco aceptada en nuestro país años atrás: costes y comisiones asociados, la falta de infraestructura (a veces la aceptación de pagos electrónicos es menor en determinadas zonas rurales porque no llega la señal para el datáfono), la actividad informal, y/o los hábitos de pago (el efectivo sigue teniendo un peso importante en la vida cotidiana rumana). En cualquier caso, la experiencia me ha confirmado que, cuando se viaja por zonas rurales, llevar efectivo sigue siendo una precaución práctica para poder seguir disfrutando sin preocuparme de si tendré que entrar a fregar los platos para poder pagar la comida.

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