En España nos gustan mucho las startups. Nos gustan tanto que hemos hecho una ley, muchos congresos e infinidad de informes. El problema es que las declaraciones de principios y de amor no pagan nóminas ni cierran rondas. Y cuando miras dónde va realmente el capital riesgo en Europa, descubres que ni Catalunya ni España juegan en la primera división. Ni en la segunda. Juegan un torneo amistoso muy animado, eso sí.
Los datos, mirados en porcentajes y no en titulares, son tozudos. El estado español capta aproximadamente entre el 7% y el 8% de toda la inversión en startups en Europa. El Reino Unido se queda con entre el 35% y el 40%. Francia y Alemania, cada una, entre el 15% y el 20%. El resto del continente se reparte lo que queda. En Europa hay dinero; lo que no hay es mucha intención de que pasen por aquí.
Es cierto que España tiene actividad. Mucha. Somos relativamente fuertes en número de operaciones, en seed, en pre-seed y en pitch decks impecables. El problema es que la mayoría de las rondas son pequeñas. Cuando toca jugar en las ligas donde hay series B, C o D y cifras que dan respeto, el capital mira hacia otras plazas. El resultado es casi un clásico: la startup nace en Barcelona, crece en Madrid y acaba mudando la fiscalidad o el hòlding a Londres. “Es el ciclo natural”.
El problema no es que no haya ayudas. En Espanya hay muchas. El problema es que no funcionan como incentivos reales. Funcionan más bien como ejercicios de resistencia administrativa. En otros países, los incentivos fiscales cambian el cálculo mental del inversor. En el Regne Unit, el EIS y el SEIS reducen el riesgo de manera clara. En los Estats Units, el régimen de Qualified Small Business Stock puede llegar a dejar exentas prácticamente las plusvalías si la inversión se mantiene suficiente tiempo. Allí el mensaje es sencillo: si arriesgas capital, el Estado comparte parte del riesgo. Aquí el mensaje es un poco diferente: arriesga, pero guarda todos los papeles durante diez años, por si acaso. “Invertir aquí no es arriesgado por el negocio; es arriesgado por la interpretación fiscal”.
La inseguridad jurídica es otro deporte nacional que no sale en los Juegos Olímpicos. Especialmente en I+D y innovación, la responsabilidad solidaria en proyectos colaborativos hace que una empresa pueda acabar pagando por los errores administrativos de otra. No por fraude; por un papel fuera de plazo. En la mayoría de los países europeos, esto hace años que no pasa. Aquí todavía tratamos la innovación como si fuera una obra pública con planos, casco y auditoría preventiva. El resultado es menos colaboración, menos proyectos grandes y menos atractivo para el capital internacional. “Nos piden que innovemos, pero sin equivocarnos nunca. Esto no es innovar; es opositar”.
En EE. UU. y el Reino Unido, el mensaje es sencillo: si arriesgas capital, el Estado comparte parte del riesgo. Aquí el mensaje es un poco diferente: arriesga, pero guarda todos los papeles durante diez años
La Ley de Startups fue una buena noticia, pero también una muestra de prudencia excesiva. Limitar el estatus de empresa emergente a cinco o siete años en sectores donde los ciclos reales son de diez o doce es no entender cómo funciona el negocio. Penalizar a las empresas cuando empiezan a facturar de verdad envía un mensaje extraño: sé innovador, pero no tengas demasiado éxito. “Aquí eres startup hasta que empiezas a funcionar. Después ya molestas”.
El capital internacional no lee notas de prensa ni discursos institucionales. Mira porcentajes. Y el porcentaje dice que España no es un destino prioritario. No porque falte talento, sino porque el marco fiscal y jurídico no compensa el riesgo. Esto no se soluciona con más eventos ni con otra ley con nombre inspirador, se resuelve cambiando los marcos. Exenciones claras de plusvalías para inversiones a largo plazo en startups. Incentivos fiscales de entrada que reduzcan de verdad el riesgo. Simplificación radical, con certificaciones automáticas y menos interpretación. Eliminación de la responsabilidad solidaria en R+D y alineación con los estándares europeos. Y, sobre todo, movilización real del capital institucional hacia el capital de riesgo (venture capital). Sin eso, no hay escala posible.
El capital no es romántico: va donde se le trata mejor, donde las reglas son claras y donde el éxito no es visto como una anomalía a regular
España es muy buena enamorándose de las startups. Lo que le cuesta es comprometerse cuando toca poner dinero de verdad. El capital no es romántico: va donde se le trata mejor, donde las reglas son claras y donde el éxito no es visto como una anomalía a regular. Podemos seguir celebrando que tenemos muchas startups. O podemos decidir que también queremos tener las inversiones que las hacen crecer. Hoy, las dos cosas a la vez, todavía no están pasando. O, como resumiría con elegancia un inversor extranjero antes de coger un vuelo: “España es un gran lugar para empezar; el problema es que no siempre es un gran lugar para quedarse”.
Conozco el sector desde hace muchos años. Ayudé a impulsar la figura del ángel inversor (business angel) en España hace cerca de quince años, promoviendo Business Angels Network Catalunya (BANC) y con todo el equipo de apóstoles del emprendimiento trabajamos mucho para convencer a nuestros políticos de que necesitábamos un marco fiscal específico para promover las startups. Tenemos talento, ecosistemas de investigación, buen clima y conectividad, pero hace muchos años que este país no ha entendido que, si quiere mejorar las condiciones de su ciudadanía, debe innovar, arriesgar y repensar las políticas públicas para estimular el crecimiento económico. Tristemente, los que deberían entenderlo no han creado nunca una empresa, tienen aversión al riesgo empresarial o presuponen una maldad intrínseca al emprendedor.
El que su vida le ha orientado a aprobar unas oposiciones para "garantizar" su estabilidad y una gran mayoría de políticos que han hecho de la política su modus vivendi adoptando un perfil de bajo riesgo para no dejar de salir en la foto, son los que tienen que tomar las decisiones sobre el futuro del sector emprendedor. ¿No es esto un oxímoron?
Tristemente, y para citar una mente praeclara como la de Voltaire: "Dios me guarde de mis amigos (aduladores políticos y funcionarios) que de mis enemigos (mercados, competencia y riesgo) ya me cuido yo".