El Barça, un club paria

Alguien ha hecho muy bien su trabajo para que los culés terminen poniéndose ellos mismos el yugo alrededor del cuello y traten las injusticias como una enfermedad crónica con la que tenemos que convivir

Gavi y Pedri protestan ante el árbitro, Clément Turpin, en el partido de vuelta de cuartos de final de Champions League | Europa Press
Gavi y Pedri protestan ante el árbitro, Clément Turpin, en el partido de vuelta de cuartos de final de Champions League | Europa Press
Roger Vinton
Escritor
18 de Abril de 2026 - 04:55

Según el diccionario del Institut d’Estudis Catalans, el término paria tiene dos acepciones, que son: "miembro de una casta baja de la India meridional", la primera, y "persona que es tenida por vil y es excluida de las ventajas de las que gozan los demás", la segunda. Creo que esta última encaja como un guante cuando vemos el trato que recibe el FC Barcelona en sus intentos reiterados de proclamarse campeón de Europa.

 

El martes tuvimos un buen ejemplo de ello en la eliminatoria contra el Atlético de Madrid. Tanto en el partido de ida de los cuartos de final, el que se jugó en Barcelona, como en el de vuelta, en Madrid, el club azulgrana recibió un arbitraje nocivo que contribuyó de manera decisiva a evitar su clasificación para las semifinales de la competición. Una eliminatoria, por cierto, que fue como una fotocopia de una que se disputó hace ahora 35 años entre estos dos mismos clubes, pero en este caso en el Campeonato de España. En aquella ocasión, los madrileños se impusieron -igual que este año- por cero a dos en el Camp Nou y en el partido de vuelta, la noche de Sant Joan de 1991, los barcelonistas ya habían igualado la eliminatoria en el minuto 27. Lo que parecía una remontada épica del Barça acabó con una victoria meritoria, pero insuficiente, por dos a tres, donde el protagonismo lo tuvo el árbitro Juan Ansuátegui Roca, que dejó al club catalán con solo ocho jugadores. Como se ve, una de las características de los malos arbitrajes que recibe el Barça es su persistencia en el tiempo.

Precisamente, y volvemos al presente, en los días previos al desenlace de la eliminatoria contra los rojiblancos, la prensa recordaba que se cumplían 30 años de uno de los mayores escándalos sucedidos en la Copa de Europa de baloncesto y que tenía, por supuesto, como víctima al Barça. Se trata del partido final para decidir el título que disputaron los catalanes contra los griegos del Panathinaikos y que se disputó el 11 de abril de 1996. La canasta que daba el primer título de campeón a los azulgrana fue evitada de manera antirreglamentaria por un jugador del equipo de Atenas; a pesar de ser una jugada muy clara, los árbitros no señalaron la infracción y el Barça se quedó sin título. Se produjo un escándalo monumental y los representantes del club redactó a toda prisa un documento de protesta al que la FIBA -el entonces organizador de la competición- le dio el mismo valor que al papel higiénico. Desde algunos sectores del barcelonismo se creía que la temporada siguiente el Barça sería compensado deportivamente de alguna manera, situación que nunca se produjo.

 

Si hay un expolio arbitral que está integrado dentro de la cultura popular del club es el que se produjo la tarde del 6 de junio de 1970, cuando el árbitro donostiarra Emilio Carlos Guruceta Muro pitó un penalti a favor del Real Madrid en el marco del partido de vuelta de los cuartos de final del Campeonato de España de aquel año, y que se disputaba en el Camp Nou. El penalti en cuestión en realidad había sido una falta producida un metro fuera del área. Aquella vez, a pesar de ser en época de dictadura, la afición culé respondió: se invadió el terreno de juego, se produjeron toda clase de incidentes, incluyendo el hecho de prender fuego a una unidad móvil de Televisión Española.

Aquella noche finalizó con cargas de la policía armada. El presidente del club, Agustí Montal Costa, también se mojó y resumió los incidentes con una frase genial que quedaría para la historia: “Hoy se ha roto el dique emocional”. Pero aún dejaría más huella el apellido del árbitro, que fue coreado en el Camp Nou durante lustros cada vez que un colegiado perjudicaba de manera ostensible al FC Barcelona. Es difícil precisar cuándo se abandonó este cántico, pero probablemente fue el año 1987, cuando el mencionado Guruceta murió en un accidente de tráfico.

Hay algo por encima de directivas y de relaciones diplomáticas con la UEFA que hace que el Barça sea siempre la víctima

Si volvemos a tiempos más o menos recientes, podemos hacer el paralelismo entre las dos eliminaciones que ha sufrido el Barça en las semifinales de la Copa de Europa contra el Inter de Milán los años 2010 y 2025. En ambos casos -sobre todo en el primero-, el árbitro tuvo un rol decisivo en el hecho de que los azulgranas no pudiéramos disputar la final de la competición. Hay un detalle para reflexionar, como es que entre un partido y el otro pasan quince años y las personas que gobernaban tanto el club como la UEFA eran completamente diferentes, pero, en cambio, el Barça fue perjudicado en ambos casos. Esto nos tiene que llevar a pensar que hay algo por encima de directivas y de relaciones diplomáticas con la UEFA que lo hace ser siempre la víctima. Podemos hablar de Superligas, de pitadas al himno de la Champions League o de otras desavenencias con las autoridades futbolísticas, pero esto no lo explica todo. Tiene que existir algún motivo más profundo que se nos escapa.

Y si hablamos de abusos contra el club, debemos hablar necesariamente de la reacción ante esto que muestra el club y sus seguidores, que es sistemáticamente tibia. La domesticación a la que han sido sometidos los catalanes durante décadas -quizás deberíamos decir siglos- se manifiesta también en la actitud de los aficionados de su principal club, que han asumido un extraño mandato que les hace rehuir de quejas y de protestas iracundas. Como mucho, alguna bromita en el Polònia.

La domesticación a la que han sido sometidos los catalanes durante décadas se manifiesta también en la actitud de los aficionados de su principal club

En otras palabras, es parte de la tradición culer aceptar aquel meme que dice que lo que tenemos que hacer es jugar aún mejor para superar los obstáculos que nos ponen los árbitros. Es un razonamiento tan absurdo como perverso, porque asume que el Barça no tiene derecho a ser tratado de manera justa y equitativa. Alguien ha hecho muy bien su trabajo para que los culers se acaben poniendo ellos mismos el yugo alrededor del cuello y traten las injusticias como una enfermedad crónica con la que tenemos que convivir.

Por cierto, aquí hemos introducido el concepto mem no como decimotercera letra de los alfabetos hebreo y arameo, que es lo que dice el diccionario del Institut d’Estudis Catalans, sino como traducción del neologismo inglés meme (Richard Dawkins, 1976), un derivado en el ámbito lingüístico del concepto gene (gen, en catalán) que hace referencia a una idea o comportamiento transmitido culturalmente. Este tipo de memes resultan muy útiles para inducir a colectivos enteros a pensar de una determinada manera (hay quien asegura que los refranes no son más que memes, la mayoría de ellos con un sesgo conservador y con aversión al cambio). Otro meme sería aquel que dice que en España los árbitros tienden a beneficiar siempre a los clubes grandes, una idea que se hizo circular cuando ya resultaban demasiado evidentes las ayudas al Real Madrid, como una manera de reconocerlo, pero salpicando también al Barça. Este ha tenido un gran éxito.

Se podría hacer toda una enciclopedia con los partidos de fútbol y de otras secciones donde el Barça ha sido perjudicado por los árbitros, pero los perjuicios no terminan aquí, porque debemos incluir, por fuerza, comités y medios de comunicación. Respecto a estos últimos, más allá de la publicidad madridista que segregan a todas horas, en estos dos partidos contra el Atlético de Madrid hemos podido comprobar cómo quien se encarga de la realización televisiva de un partido decide qué jugadas existen y cuáles no.

El Barça es un club paria porque es víctima y casi no se queja, y porque sus aficionados agachan la cabeza en lugar de protestar con energía. Cuando se produce un expolio, las lágrimas duran un par de días y luego el ciclo vuelve a empezar. Los culers deberían hacer una reflexión profunda, porque soportar pasivamente los abusos es una oferta clara a recibir más. Y así hasta el fin de los tiempos.