Cuando compramos un billete de avión, pocas veces sabemos realmente qué estamos pagando. El asiento es el mismo, el vuelo también, pero el precio puede variar enormemente de un pasajero a otro o de un día a otro. Incluso, algunas compañías aplican un recargo en función del precio del combustible en el momento del vuelo.
— "¿A qué precio estará el queroseno el día del embarque?", se preguntan las compañías.
— "Si sube, exigiremos un recargo" -siguen la conversación en solitario-.
—"¿Y si baja?" -interpela, riendo, un viajero frecuente-. No hace falta respuesta.
Cientos de barcos cargados de crudo o gas natural licuado -y de otras materias primas- navegan por los océanos, sin destino inmediato, esperando al mejor comprador. Son activos financieros flotantes a la espera del mejor precio. Si sube en Asia, el barco gira la cola hacia allá. Si Europa paga más, cambia de rumbo hacia Rotterdam, Amberes, Hamburgo, Marsella o Algeciras. Y si hay escasez como estos días, tampoco tienen demasiada prisa en vender.
Se incrementan las regulaciones y los tratados comerciales entre los países, pero la realidad es que el precio del crudo ya no es solo una cuestión de oferta y demanda. A pesar del consenso para reducir la dependencia del petróleo y avanzar hacia energías más limpias, la geopolítica continúa girando a su alrededor. Parecía que 2030, 2040 y 2050 debían marcar el final de la era del petróleo, pero la salud del planeta tendrá que esperar para más adelante. Es, sobre todo, una cuestión de poder.
El petróleo, que representa entre el 20% y el 30% de los costes de un vuelo y del cual depende cerca de un tercio del consumo energético global -aún más en Europa, con escasos recursos propios-, no tiene un precio fijo ni estable. Lo determina inicialmente la OPEP, en nombre de los países productores, fluctúa en los mercados internacionales como el Intercontinental Exchange o el Chicago Mercantile Exchange, y es modelado por grandes intermediarios financieros que anticipan escenarios y apuestan por ellos. Las grandes petroleras y los nodos logísticos acaban decidiendo hacia dónde fluye la energía.
Pero la importancia de este bien estratégico hace que sean las potencias hegemónicas las que, en última instancia, condicionan el sistema.
Cuando se calienta el conflicto con Irán y se pone en riesgo el estrecho de Ormuz, no es necesario que el flujo físico de petróleo se interrumpa del todo para que el sistema de precios reaccione
Los grandes conflictos en torno al petróleo nunca han sido del todo espontáneos ni inevitables. Han sido impulsados, directa o indirectamente, por los países dominantes -Estados Unidos, Rusia, China o, en su momento, el Reino Unido- con el objetivo de garantizar el acceso, el control o la estabilidad de los flujos energéticos. Desde la crisis de Suez de 1956 hasta el embargo de 1973; desde la guerra Irán-Iraq de 1980 hasta la del Golfo de 1990; de la intervención en Iraq en 2003 a la invasión rusa de Ucrania en 2022.
La ofensiva brutal de los Estados Unidos el febrero pasado contra Irán que mató al ayatolá Alí Khamenei vuelve a poner en evidencia esta lógica. Cuando se calienta el conflicto con Irán y se pone en riesgo el estrecho de Ormuz, no es necesario que el flujo físico de petróleo se interrumpa del todo para que el sistema de precios reaccione. Añade un nuevo componente a la ecuación: el flujo físico de petróleo puede continuar, pero el riesgo geopolítico, logístico y financiero se incorpora inmediatamente al precio.
Se desatan así dos grandes efectos. El primero es la escalada generalizada de precios: afecta a las aerolíneas, las empresas y los gobiernos, y acaba impactando a los consumidores en cada suministro de combustible, en cada factura energética y en cada producto que compran. Finalmente, llega a los alimentos, que representan entre el 12% y el 15% del presupuesto familiar. El segundo es el componente especulativo que rodea estos movimientos: facilita ganancias para unos pocos que han estado al acecho. Desafortunadamente, esta factura también se tendrá que repartir entre los compradores finales.
En circunstancias normales, los precios y los ingresos de la gente juegan al gato y al ratón. Pero cuando el sistema entra en tensión, la distancia se ensancha y, a pesar de los esfuerzos de los gobiernos de izquierda, siempre acaba ganando el gato. No es un fenómeno nuevo: desde la crisis financiera de 2008, esta brecha no ha dejado de aumentar. El resultado es una presión creciente sobre las clases medias y bajas, que tienen menos capacidad de adaptación ante esta volatilidad.
Porque, al fin y al cabo, el problema no es solo el petróleo. Lo mismo ocurre con otras materias primas: gas, electricidad, carbón, derechos de emisión de CO₂, cereales, café, metales o materias primas industriales. Es el sistema de formación de precios. Un sistema en el que el precio final no refleja el coste, sino la expectativa, el riesgo y el poder, que no paga quien toma la decisión, sino quien se encuentra al final de la cadena.